Serie Maestrías - Expertos
De un tiempo a esta parte, parece que me encuentre rodeado de expertos. Si leo alguna noticia, si veo algo en televisión o en algún otro medio de comunicación, siempre hay algún experto en la materia que me explica, da su opinión o exhorta a hacer esto o aquello por mi bien.
Y yo me pregunto: ¿cuándo nos haremos expertos en nosotros? ¿Soy experto en mí o necesito a alguien que me diga qué hacer, cómo actuar y hasta cómo sentir?
Está bien dejarse asesorar a la hora de adquirir algún producto, a la hora de buscar información sobre muchos temas y contrastarla, pero al final, no lo olvidemos, la decisión es nuestra en cuanto a TODO en nuestra vida. No veo sano que incluso alguien pueda intentar decidir si lo que he visto o sentido es real o es fantasía.
En esto se ha convertido la sociedad que llamamos del progreso. En un comité de expertos que nos marcan el camino por donde recorrer nuestra vida. Y la educación recibida nos ha enseñado a mirar hacia afuera. Fuera de mí está lo que me hace sufrir y desgraciado. Ahí están mis problemas, los culpables, pero parece ser que también lo que me hace feliz. Y al final todo eso se convierte en la zanahoria colgada delante que nunca voy a alcanzar. ¿Por qué? Pues porque si todo está fuera de mi, no puedo hacer nada para cambiarlo, estoy a merced de lo que “pueda pasar o llegar a mi vida”.
Me voy dando cuenta de que las circunstancias o aquello que pueda llegar a mi vida, es algo neutral. Y lo importante es lo que hago con eso, cómo vivo y gestiono lo que se me presenta. Digo que las circunstancias son neutrales porque a cada persona le afectan de una manera, entonces no las podemos catalogar a priori como buenas o malas, simplemente suceden y están ahí.
Me propongo un ejercicio de por vida, ¿para qué medias tintas?: voy a estar atento a lo que sucede en mi día a día. Cuando aparezca una circunstancia que me impacte, que juzgue ya sea para bien o para mal, en vez de buscar un “culpable”, voy a poner mi mirada en mí y me preguntaré: ¿cómo estoy?, ¿por qué me afecta esto?, ¿en qué me afecta? Y también: ¿cómo me sienta algo así?, ¿me hace sentir vulnerable, tonto, inapropiado, egoísta…? Voy a hablar conmigo paciente y cariñosamente. Quizá no llegue a ninguna conclusión, también está bien, pero he sido capaz de evitar una reacción a través de mi instinto de supervivencia que es aquel en el que el miedo toma las decisiones por mí.
Voy a poner como ejemplo algo que me sucedió estando ingresado en el hospital. Hace años tuve una oclusión intestinal por un retorcimiento del intestino delgado. No me encontraba nada bien, sentía mucha ansiedad y estaban saliendo muchos miedos internos. Los médicos también parecían indecisos en cuanto a cómo tratarme.
Una noche tuve que tomarte un jarabe de contraste para poder hacerme un tac en el que se viera el recorrido del líquido por mi intestino y así ver bien dónde se encontraba esa obstrucción. Pasé muy mala noche porque el medicamento lo notaba espumoso en mi garganta y como queriendo salir. No dormí casi nada, pero ya de madrugada pude conciliar el sueño un rato. Me desperté casi cuando 5 ó 6 médicos entraron en la habitación y me preguntaron cómo estaba. Les expliqué que había pasado mala noche pero que al descansar un poquito de madrugada estaba más tranquilo y mejor. Uno de los médicos saltó y me dijo algo así: “¡Mira qué bien! ¡El solo se ha curado! ¡Claro, como tú sabes perfectamente lo que tienes, te has sanado solito! ¿Verdad? ¿Qué es lo que tienes?…” Mi hermana, que me acompañaba, y yo nos quedamos petrificados. Estoy seguro que el resto de médicos también se quedaron parados. ¡Vaya ataque! Mi contestación fue algo así: “Sé lo que ustedes me han ido diciendo, que tengo una retención por un retorcimiento o hernia en mi intestino pero no sé más…” Alguno de sus compañeros me dijeron que sí, que parecía una hernia o estrangulamiento en el íleon… Pero en ese momento decidí callarme en vez de reaccionar de forma violenta. Si me había “tocado las pelotas” es que era algo mío. Al que le dolía era a mí, entonces había algo dentro que había sido detonado y activado. ¿El qué? No lo sabía.
Cuando los médicos se fueron, mi hermana y yo hablamos. Ella estaba muy enfadada y entonces le dije: “Esto es mío, porque me ha tocado las narices, pero si a ti también te las ha tocado, también hay algo tuyo.” Ella pensó incluso en poner una reclamación o una denuncia pero le dije que no iba a hacer nada de eso. Iba a ver qué me había provocado ese detonante. Me surgieron entonces preguntas como: ¿por qué a mi?, pero también ¿para qué a mí?, ¿ese médico ha reaccionado así por cansancio, por problemas personales?, porque era la primera vez y la última que nos vimos. ¿Quizá ha visto mi historial y se ha dado cuenta de que no estoy vacunado contra el covid y estamos en plena efervescencia del mismo? ¿Se han sentido amenazados en el hospital por mí y por eso estoy en aislamiento, aunque me han dicho que es por una bacteria no importante pero bastante contagiosa en heces? Surgieron muchas preguntas que quizá te surjan a ti también mientras me lees, pero por último una me sorprendió y me calmó bastante: ¿a quién he hecho yo algo así, para querer vivirlo en mis carnes? ¿me he comportado así en alguna otra vida? Recuerdo entonces que me vinieron a la mente algunas imágenes que ya había visto…
Esta circunstancia no se me ha olvidado, pero ya no me hace reaccionar y eso me da paz. Esa misma pregunta me la he hecho más veces en otras situaciones que han tocado diana dentro de mi y me ha resultado muy útil.
Al final, me estoy dando cuenta de que estoy realizando un MASTER de EXPERTO EN MI, porque yo creo que desde que me educaron, me he perdido tanto, que ya no sé ni quien soy. Me está gustando mucho este curso y me está sentando de maravilla. ¿Te apuntas?






