Abrazos gratis
Sobre el año 2014, Victoria, una amiga que conocí en biodanza, me invitó a ir a la Plaza de la Virgen a dar abrazos. Me gustó la idea, aunque no sabía cómo iba a reaccionar al llegar allí.
Nos encontramos tres o cuatro personas, no lo recuerdo. Una de ellas llevaba carteles en los que se podía leer “Abrazos gratis”, “Free hugs” y otras consignas parecidas. Estaba nervioso, ¿cómo empezamos? ¿qué hay que hacer? Al principio hablábamos unos con otros y me puse a moverme con mi silla por la plaza.
Carlos, el que años más tarde sería mi maestro de mindfulnes, cogió un cartel y se dirigió hacia la parte del callejón por el que se entra a la plaza (¡Qué tío! ¡Ahí lo tienes, a porta gayola!: pensé). Empecé a ver cómo las personas se le acercaban y lo abrazaban. Entonces lo imité. Me ayudaron a poner un cartel entre mis piernas porque no lo podía sujetar con mis manos sin que se me cayera, ni se podía colocar detrás de la silla porque no había ningún enganche y me fui acercando a la gente diciendo: – ¿te gustaría un abrazo? Son gratis y sin efectos secundarios. – Algunos me miraban con recelo pero otros se acercaban sonrientes. Entonces decidí subir mi silla para que no tuvieran que agacharse a abrazarme. Y con cada abrazo, una alegría inundaba mi corazón. ¡Que tengas un día bonito! Decía al acabar. Y muchos se alejaban con una bonita sonrisa en la cara.
Recuerdo un niño pequeño pidiendo permiso a sus padres para acercarse a mí y abrazarme. Y sus padres sonrientes le dijeron – ¡Adelante, ve! – Me llegó al alma.
La gente salía de la Basílica de la Virgen y algunas abuelitas se acercaban a mí: – ¡Claro que te doy un abrazo, cariño! – Y algún señor, armándose de valor: ¡Venga un abrazo chaval! – Dándome unos cuantos golpes de machote en la espalda.
Algunos extranjeros también se animaron sonrientes, aunque los japoneses ni se acercaban. Ahí me enteré que ellos no se abrazan. Recuerdo ahora una chica del este a la que se le saltaron las lágrimas por el gesto. Hacía poco que había llegado al país huyendo del suyo y le conmovía que alguien le diera un abrazo de forma desinteresada. Estuve un ratito hablando con ella. Fue muy emotivo y satisfactorio.
También me encontré a unos amigos de mis padres que me abrazaron con gusto: – ¡Desde luego Jesús, eres increíble! ¡Qué buena idea has tenido! – Les expliqué que estaba con unos amigos y lo feliz que me hacía ese gesto tan sencillo pero tan reconciliador y reconfortante.
Cuando volví a casa estaba feliz






